P1230824-001

Existe una profunda conexión entre el pensamiento y la respiración. El ritmo de los movimientos respiratorios corresponde en una forma notable al ritmo de los pensamientos. El hecho de respirar parece muy simple, y es extraño que pueda tener algún efecto sobre la actividad mental; pero las investigaciones y experimentos prueba irrefutablemente este hecho.

La mayoría de las personas subestiman el valor de la respiración, pero los antiguos jesuitas en Occidente y los Yoguis en la India tuvieron una mejor idea sobre el particular, porque incluían los ejercicios de la respiración en sus prácticas diarias. Aquellos que no han estudiado el tema no pueden darse cuenta cuan sorprendentes cambios se producen en la mente y en el cuerpo gracias al simple método de cambiar el ritmo respiratorio.

Un niño sabe que un rápido soplo sobre una taza de leche caliente la enfriará, y que el mismo aliento, soplado sobre las manos frías, las calentará. Pero todavía no sabemos que el ejercicio respiratorio también puede utilizarse para combatir las enfermedades del cuerpo, para soportar los efectos del frío y del calor extremos, para cambiar el tenor de nuestros pensamientos. Obsérvese que cuando estamos excitados la respiración es jadeante; pero cuando estamos sumidos en profundos pensamientos, respiramos lenta y serenamente. Obsérvese a un hombre cuando respira en forma entrecortada y se comprobará que sus nervios están igualmente agitados. ¿No encuentra esto la estrecha relación existente entre la respiración y la mente?

La respiración es normalmente una inconsciente función de vida. Cualquier intento de cambiarla hará de ella una función consciente. De este modo, el que quiera tener poder sobre su actividad mental, habrá de reservar unos determinados momentos, durante los cuales cambiará deliberadamente e! ritmo respiratorio. Si tales períodos son utilizados en la manera que lo describimos, siguiendo cuidadosamente las simples instrucciones que siguen, el resultante efecto sobre sus pensamientos será muy marcado. Pero es importante que tales instrucciones no sean retaceadas o cambiadas de ninguna manera.

Las personas que sufren de enfermedades cardíacas o de circulación no deben practicar nunca un ejercicio respiratorio, de cualquier clase que sea.

Este ejercicio consiste en disminuir el ritmo de la respiración hasta un punto que esté por debajo del ritmo normal. El punto preciso no puede especificarse, porque varía según las distintas personas, de acuerdo con la diferente capacidad pulmonar y los distintos grados de sensibilidad nerviosa. La mayor parte de las personas de buena salud tienen aproximadamente quince respiraciones por minuto. De todos modos, el ritmo no debe volverse muy lento en forma repentina. Siempre es preferible introducir tales cambios gradualmente y no con violencia.

Empiece por exhalar muy lentamente, luego inhale con lentitud, para entonces contener el aliento por unos momentos; sígase con el ejercicio de nuevo. Practíquese con suma atención y con los ojos cerrados. Es importante concentrar todo nuestro interés en el acto de respirar, hasta el punto que parezca que sólo vivimos para ello.

Los principiantes deberán practicar este ejercicio por unos cinco minutos, no más. Los que estén más adelantados podrán, de acuerdo con sus progresos, extenderse a diez, quince y hasta veinte minutos. Nunca deberá sobrepasarse este límite.

Sólo debe hacerse un esfuerzo lento, regular y quieto; no debe haber ninguna tensión y no debe realizarse ninguna aspiración brusca, que destruiría el efecto buscado; el estado de reposo de los músculos debe ser completo.

Cuando el ritmo respiratorio sea tan suave que una pluma colocada delante de las narices no llegaría a moverse, podrá considerarse un signo de buen resultado. Pero si se experimenta la más ligera molestia o de repente se tiene necesidad de tragar aire, es menester detenerse inmediatamente, pues el ejercicio se practica en forma indebida. Respírese por los dos agujeros de la nariz.

Este ejercicio se basa sobre el simple hecho de que la respiración es un vínculo entre el espíritu y el cuerpo, ya que abastece al cerebro de sangre arterial. Disminuir el número de respiraciones equivale a rebajar el abastecimiento de sangre que se envía al cerebro y. por lo tanto, a retardar el ciclo de los pensamientos. “La respiración es el caballo y el espíritu el jinete”, dicen los tibetanos. De este modo la tensión y la relajación del cerebro, el surgimiento y la desaparición de las ideas, están en una peculiar armonía con el ciclo de la respiración y puede sometérselo a control.

El efecto que este ejercicio produce en el estudiante, que llega a tener conciencia del descenso rítmico de su respiración, es una agradable sensación de reposo, una tranquilización de la constante vibración del pensamiento, una mancha de aceite sobre la superficie tumultuosa del océano de la vida y un estado mental más cercano a la abstracción. La intensa concentración de la atención le hará olvidarse de todo lo que no sea el acto de respirar, de tal modo que sentirá que se ha convertido en un “ser respiratorio”, por decirlo así, enteramente absorbido por el nuevo ritmo respiratorio, suprimido todo pensamiento que no sea la pura observación de este proceso, se transforma momentáneamente en una persona más sutil y más sensible. Este estado no se logra de inmediato, sobreviene después de semanas de práctica regular.

El poder que tiene sobre el espíritu este único ejercicio puede ser difícilmente apreciado por quienes no lo han practicado nunca. Devuelve a la máquina humana un equilibrio armonioso. Puede transformar a un corazón angustiado en un corazón que está en paz con el universo.

Este ejercicio puede hacerse en cualquier momento del día. Si en un determinado momento se está a punto de perder el control de uno mismo bajo los efectos de alguna emoción o pasión violentas, acúdase en seguida a este ejercicio respiratorio hasta que el peligro haya pasado. En estas circunstancias su eficacia es muy notable.

Cuando se trata del examen de sí mismo, sin embargo, sólo debe practicarse el ejercicio respiratorio inmediatamente después de la meditación. Al llegar al fin de esta meditación, el practicante se encontrará en una especie de callejón sin salida, y creerá estar frente a una pared mental. Después de haber interrogado a su cuerpo, a sus sentimientos y a su intelecto, no habrá encontrado en ninguno de ellos ese “yo” huidizo que está buscando. Se verá frente a la nada, porque ¿qué queda de un hombre cuando se han eliminado estos tres elementos? Al llegar a este punto termina su meditación, acabando con la exploración de su mente y con estas introspecciones sesudas, y pasa en seguida al ejercicio respiratorio que acaba de describirse.

Cuando ha logrado su propósito, el practicante empezará a entrar en un estado mental en el cual los pensamientos están tranquilos como serpientes encantadas. Entonces adquirirá un poco de serenidad de espíritu.

Extracto de PAUL BRUNTON – EL SENDERO SECRETO
Una Técnica para el Descubrimiento del Yo Espiritual en el Mundo Moderno

Un ejercicio de respiración para controlar el pensamiento